- Toca perderse - dijo.
Nada más empezar a caminar, ahí estaba, como si estuviera escrito, una señal, algo que esperaba ser visto, como un mapa del tesoro...
Lo agarró con una mano y avanzó hacia el norte, hasta que llegó a su destino: una playa desierta, virgen, dulce a los ojos, de color ocre.
Se agachó, llenó su mano de arena; sentía el calor, la suavidad y cómo se derramaba entre sus dedos.
Tomó aire y lo soltó de nuevo en un suspiro, como queriendo decir que al fin era libre.
Fue caminando descalza hasta la orilla, y cual niña daba patadas a las olas salpicando sin cesar, manchando de blanco el azul del mar.
Parecía feliz.
Aún así cada mañana mira de reojo por encima del agua, como esperando, para ver si la corriente arrastra algo nuevo hasta la orilla.
Y es que nunca entenderá que las mayores aventuras llegan por casualidad.
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